jueves, 17 de marzo de 2016

Carta a Simón Bolívar. (del libro El piar de un gorrión)

Carta a Simón Bolívar


          Amigo, Simón:
         Como somos venezolanos de nacimiento los dos, recibe un apretón de manos y unas palmaditas en la espalda con un fuerte abrazo, propio de nuestra expresión venezolanista[1].
         Yo sé que no te ofendes por mi emoción al saludarte. Quizá te complazcas. Y a lo mejor te sirva de aliento. Porque según cuenta la historia tus últimos días fueron un poco tristes. Por lo menos así lo reflejas en tu correspondencia de los últimos años donde manifiestas que no te quieren y que se han burlado de ti.
         Tú eres caraqueño y yo merideño. Y entre estas dos maneras existe una simpatía natural. El caraqueño representa la Capital y su hablar es cadencioso y agradable; el merideño personifica un poco al reflexivo y con su tono específico habla lo necesario. Para un merideño el capitalino impone respeto. Y tú para mí ofreces un respeto doble: primero, por ser caraqueño; y, después, por llevar el nombre de El Libertador. Título dado, por cierto, por primera vez en la ciudad de Mérida, en el año 1813, cuando venías triunfante desde Colombia en tu famosa Campaña Admirable.
         Voy a contarte cómo fue que oí hablar de ti. Y mostrarte mi admiración. Cuando era niño siempre veía un cuadro sobre ti que estaba en la pared de nuestro salón de clases. No entendía de quien se trataba. Pero en el cuadro aparecía un hombre de estatura mediana, más bien flaco, con patillas y con mirada seria. Tenía un piso de cuadritos, parecido a una tabla de jugar ajedrez, que simulaba estar muy limpio. Tu ropa era un tanto rara y colgaba de tu cintura una espada.
         Siempre miraba aquel cuadro y si me hubiesen preguntado quien era el personaje, con toda franqueza, no hubiese sabido contestar. Quizás me hubiese fijado en la leyenda y hubiese leído tu nombre para salir del paso y quedar bien.
         La maestra hablaba de vez en cuando de ti. Pero yo quedaba en las mismas. No sabía quien eras. A veces entre los niños de la escuela repetíamos la siguiente canción infantil: “Simón Bolívar nació en Caracas. Se echó un viento y mató cien vacas”. Esta canción la cantábamos y repetíamos en nuestros juegos de escolares, mas sin ninguna picardía. Se aprendía, simplemente. Cada vez que se decía soltábamos una carcajada.
         Fui creciendo y en todas partes oía hablar de ti. En el liceo los profesores siempre te citaban y cuando alguien daba un discurso salía a relucir un pensamiento tuyo.
         Tengo que confesarte que me parecías fastidioso. En todas partes estabas tu. Aunque nunca me incomodabas cuando te veía en el papel moneda o en el sencillo que llevaba para pagar el pasaje o tomarme un refresco al salir de la clase.
         Fue después de mucho tiempo que empecé a preocuparme por conocerte más. Empecé a leer sobre tu vida, sobre tus pensamientos, sobre tus viajes, y, hasta algunas de tus cartas, sobre todo después del atentado septembrino en Bogotá, donde se hace famosa Manuela Sáenz, a quien tu bautizas después con el título de “La libertadora de El Libertador”, pues te salvó del atentado.
         Tengo que decirte, amigo Simón, que encontré muchas maneras de cómo te presentaban. Algunos te ponían por las nubes, colocándote como una especie de semidiós. Para otros, tú eras una enciclopedia, todo lo sabías. Te presentaban como poeta, como escritor, como administrador, como político, como militar y estratega; como de todo lo que se pueda imaginar. Para esta presentación todo en ti era virtud, aun tus errores.
         No sé si te gustará lo que voy a decirte, pero creo que exageraban y exageran. Me hace recordar un dicho popular venezolano que dice “bueno el cilantro, pero no tanto”.
         Otros, como Madariaga y Germán Arciniegas, te desvirtúan, tal vez como buscando el justo medio, y te ponen un poco menos de la presentación anterior. Pero considero, que a la larga es bueno, porque nos hacen verte como de carne y hueso y no como el semidiós de la usanza de la mitología griega.
         Con deseos de saber más de ti me hice socio de la Sociedad Bolivariana. Y tengo que confesarte, al respecto, otra cosa: me decepcioné porque la mayoría toma esa asociación como un club. En vez de organizar jornadas de estudio sobre tu vida u otras facetas de la historia, sólo se limitan a asignar al orador para cualquier fecha patria. Y en el día asignado todos van a escuchar al orador, más repetitivo que estudioso, y a colocar una corona de flores, sin motivar al oyente a un estudio serio sobre la historia. Se vuelven fastidiosos.
         Quizás ni sepas qué es la Sociedad Bolivariana. Te lo voy a decir, rapidito: Después de tu muerte, en 1830, tu cuerpo permaneció fuera de Venezuela, tu patria natal, doce años. ¿Te acuerdas de la Cosiata? Bueno. Te ignoraron y te ignoraban. Esa indiferencia todavía la sufrías aun después de muerto. Total, muerto es muerto. ¿Para qué hacer honor a un muerto si en vida se le traicionó? En todo caso, pues, fue en el año 1842, que Rafael Urdaneta organizó el traslado de tu cuerpo a Caracas, fundando para esa ocasión una asociación que llevaba el nombre de “Gran Sociedad Bolivariana”, para traerte, primero; y, después, para perpetuar tu pensamiento al fijar las fechas más importante de la época de la Independencia, y con ello resaltar a los personajes de esta historia. Casi cien años después reorganizaron esa asociación. Hoy funciona en casi todos los estados de Venezuela, con el segundo objetivo, pues ya estabas en casa.
         ¿Qué pasó con tu idea de la Gran Colombia? Tú ya lo sabes: se desintegró y no avanzó. La Constitución de Cúcuta, del año 1821, ayudó a que así fuera. Más tarde la Convención de Ocaña no resolvió gran cosa, como se esperaba. No te voy a decir ningún nombre porque ya tú los sabes. Además me pueden decir chismoso y no quiero problemas. Mientras tanto en Venezuela no tenías muy buena imagen. En Europa menos que menos. Los de aquí se encargaban de desprestigiarte a nivel interno. Y en el exterior, ya tú sabes quién. Y eso que tu fuiste indulgente justamente con ese señor. No me comprometas. No quiero decirte nombres. Pero, perdóname, chico, tú mismo tuviste la culpa. Porque ese del que tu y yo sabemos se te alzó en el año 1813, en el Táchira. Y, ¿por qué no fuiste duro con él y si lo fuiste con el pobre Piar? Tus razones tendrías. Además, todos sabemos que ese mismo fue quien planificó el atentado de septiembre de 1828. Pero allá tu.
         Fue, precisamente, la división interna la que te lleva al fracaso y a la ruina. Tú lo sabes. Y fuiste su víctima. Tú mismo lo reconoces en tus cartas de tus últimos años. Por cierto, Simón, te tengo un chisme bueno. Hay un escritor colombiano que se llama Gabriel García Márquez que escribió un libro sobre tus últimos días. Lo tituló El General en su laberinto. A mí me gustó mucho. Me parece que es un libro muy bueno sobre la soledad y el sufrimiento interior de una persona que se sabe fracasada. Con esto a lo mejor te ofendo. Pero no es mi intención. Pero quiero decirte que hay gente que te quiere bien, a pesar de todo. Y ese librito podría verse como un homenaje para ti. Además, hay una frase que tu dijiste, sabiendo cómo estaban las cosas, por entonces, respecto a ti. Aquella de “Cristo, Don Quijote y yo, somos los tres más grandes majaderos del mundo”. Así que, no tienes porque disgustarte conmigo. Aunque, según algunos esta frase no es tuya, sino de Piar momentos antes de su ejecución. Pero, no me quiero meter en más dimes y diretes.
         Me estoy haciendo muy extenso. Pero esta cartica no se hace todos los días. Tenía que aprovechar. ¿No te parece?
         ¿Sabes qué? Se ha discutido mucho que tu lograste la independencia política. Pero que el problema es la independencia cultural. Leopoldo Zea y muchos otros que piensan sobre América Latina, así lo dicen. Creo, que tienen razón. No te molestes. Pero, fue necesario esto, primero, que lo que tu lograste. Claro, que había que empezar por algo. Y tu tuviste el coraje. Ahí está tu mérito.
         Tal vez te vuelva a escribir. No le prometo. Vamos a ver.
         Chao, Simón:
         Daniel




[1] Véase carta a Ángel Rosemblat, página 63.

Ángel Rosemblat. (del libro El piar de un gorrión)

Ángel Rosemblat

  
         Hola, Sr. Rosemblat
         Recibe un cordial saludo, desde la diversidad de cultura e idiosincrasia.
         Hace mucho tiempo que leí tu colección Buenas y malas palabras. Era estudiante, por entonces. Y tengo que confesarte que me metí en algunos problemas respecto a muchas expresiones venezolanas, a raíz de esa lectura.
         Recuerdo, por ejemplo, que en clase dije una vez la expresión “más nada” en una exposición que me tocó realizar. Enseguida, el profesor me corrigió y me señaló en público que no se dice “más nada”, sino, “nada más”. Me quedé callado. Y al día siguiente con uno de tus libros en la mano pedí derecho de palabra en clase con el mismo profesor y le refuté que la expresión que yo había utilizado era correcta. Porque se trataba de una expresión propia del pueblo de Venezuela. Y que las dos maneras tenían su razón y su idiosincrasia. Para los españoles, ciertamente, la expresión es “nada más”. Pero que en Venezuela era “más nada”. Expresión de absoluto. En donde ya no había más que añadir a lo conversado o expuesto. Como en el caso mío, que no tenía “más nada” que decir, respecto al tema que estaba exponiendo. Te citaba para defender mis derechos y con ello defender la diversidad de culturas. Pedí permiso, por supuesto, y leí lo que tu señalabas sobre las dos expresiones, para quedar bien, que era lo que quería. El profesor no encontró elementos para refutarme. Y salvé la Patria, como se dice.
         En otra oportunidad, en un trabajo escrito, utilizaba la palabra “sampablera”, para querer decir, que se había armado una confusión y una discusión y con ello una disputa, en algo que exponía. Era otro profesor. Esta vez, era un canadiense. En la metodología que el profesor usaba acostumbraba llamar a cada alumno para conversar sobre el trabajo que se le entregaba. Subrayaba las ideas que él veía que uno como alumno no dominaba y lo sondeaba al respecto. Sobre todo, si las ideas eran un poco atrevidas o sin fundamentos bibliográficos o que no habían sido lo suficientemente bien desarrolladas. Una metodología muy instructiva, sin embargo. Aunque sudábamos al pensar en el momento en que nos tocara tener la conversación con este profesor. Las clases eran en Venezuela y en español, por supuesto. Por eso, te cuento lo que te estoy contando para alegar lo que defendía. Al profesor, como era lógico, aquella palabra no le era familiar. Y entre otras observaciones se detuvo precisamente en la palabra “sampablera”. Sudaba por las otras observaciones mas no por la palabra. Aun cuando no hubiera referencia bibliográfica para defender su uso, no se puede negar, por otra parte, que los venezolanos la usamos a cada momento. No me asustaba. Pero me sentía más seguro al saber que tú, amigo Rosemblat, la referías y la analizabas en tu colección de Buenas y malas palabras. Cuando el profesor llegó a la palabra que ya tenemos referida le contesté que es una expresión típicamente venezolana y que quiere decir confusión, disputa. Como él insistía, tal vez pensaba que estaba inventando, le señalé los tres tomos de tu colección, que él mismo poseía en su biblioteca, y que, gracias a Dios, estaban bastante visibles y en los que me había fijado desde que había entrado a su oficina. Casualidades, ¿no te parece? No dudó en levantarse a tomar el número que yo le indicaba. Lo tomó, lo abrió. Le referí el índice. Lo buscó. Leyó. Y volví a quedar bien.
         ¿A qué todo esto? Me dirás. A que el lenguaje y los idiomas son dinámicos y ricos. Tienen valor por sí mismos. Y que el hecho de que no conozcamos una palabra no significa que no existe. No la conocemos. Y tenemos que ser lo suficientemente humildes para reconocer que cada pueblo tiene sus propias expresiones para comunicarse. Y no sólo eso. Sino que cada grupo, entendiendo con ello todos los que pueda haber, tiene sus propios códigos de expresión y de comunicación. Así entre los jóvenes existen palabras nuevas, ya inventadas, ya mezcladas, ya con nuevos giros, que le dan sentido a su conversación. No por eso, no existen. Existen y las usan. Y con ello se enriquecen las comunicaciones y se diversifican las culturas. Además, cultura significa una expresión y una idiosincrasia. Propias y diversas. No hay culturas de culturas. Es decir, esta si es cultura, y aquella no lo es. Y aquí se han cometido grandes culturucidios. Ve. Ya inventé una palabra. No sé si aparece en el diccionario. Pero con ella estoy queriendo decir que se han matado muchas culturas, muchas expresiones, en aras de una falsa purificación.
         Lo más doloroso es que cuando hay expresiones y manifestaciones distintas de las nuestras, nos reímos y hasta nos burlamos. Y creo que el error está en que no se ha entendido la riqueza de la diversidad. Y que la diversidad es un derecho.
         Y es ahí donde está el valor de tu aporte. Estudias las palabras y buscas la diferencia entre pueblo y pueblo, respetándola. No haces juicios. Simplemente es así. Si emitieras juicios al respecto te contradirías. Creo que, ciertamente, necesitamos revalorizar esos valores que a veces perdemos en aras de una falsa purificación.
         Gracias., por ese aporte. Y, gracias, porque me salvaste varias veces en algunos apuros.
         Chao:

         Daniel

Carta al Dr. José Gregorio Hernández. (del libro El piar de un gorrión)

Carta al Dr. José Gregorio Hernández

 Hola, Dr. José Gregorio:

         Recibe un cordial saludo. Y sobre todo un agradecimiento especial por tantas bondades que has hecho a nuestro pueblo.
         Para empezar te desempeñaste como médico. Ya eso es una gran labor. Y después lo hiciste con tanta entrega y abnegación que te hiciste muy especial. Doble agradecimiento.
         Tengo muchas cosas que contarte. Si no lo logro, quedamos pendientes. ¿Te parece? Lo primero que tengo que decirte son muchas cosas como a médico. Pero no se trata de una consulta médica. No te me asustes. Se trata de enaltecer la gran labor de todos tus colegas, que al igual que tu, viven haciendo grandes obras. A veces somos muy desagradecidos. Porque, fíjate: tenemos el mal, cualquiera sea. Acudimos a un experto de la medicina. Nos da el fármaco acertado. Nos sanamos. Y, automáticamente, decimos “gracias a Dios”. Y casi nunca decimos que se debe, ciertamente, al acierto del medico al que fuimos a consultar. Sin duda, que gracias a Dios, porque Dios le dio al hombre la capacidad de dominar lo creado. Además es un imperativo, según nos cuenta los primeros capítulos del libro del Génesis. Sí. Pero no debemos olvidar que el médico tiene que estar estudiando y tiene que tener mucha humildad para reconocer que tiene que estar poniéndose al día, en su rama. Para no cometer errores que a la larga pueden ser mortales. En cierta manera considero, José Gregorio, que somos ingratos y desconsiderados. Eso en el caso de encontrar buenos médicos. Y se encuentran.
         Pero, no todo es así. Encontramos médicos, por otra parte, que desconsideran al paciente. No los toman en serio. Determinan muchas enfermedades sin hacer exámenes. Ni que fueran brujos. Perdóname, la expresión. Pero quiero decirte con ello que a veces les falta seriedad por su profesión. Algunos llaman a esa seriedad, “mística”. Sí. Les falta mística. Una vez me tocó a mí. Estaba mal del estómago. Y fui a uno que era amigo. Apenas me vio me dijo que lo tenía era una cosa ahí con un nombre muy raro. Esos nombres que usan ustedes, los médicos. Yo no entendí. Me hice el tratamiento que me mandó. Pero, nanay-nanay. Es decir, nada de mejoría. Peor, más bien. Volví donde él mismo. Me mandó otro montón de medicinas. Igualito. Entonces, cambié. Fui a otro. Ese me hizo un pocote de exámenes. Como tres días, que si de aquí, que si de allá. Y después de mirar esas cosas que uno no entiende me dijo lo que tenía. Y me mandó un tratamiento. Me mejoré. Gracias a Dios. Ve, José Gregorio, lo injusto que ya estoy siendo. Ya nombré a Dios, y no al médico. Es que así somos. ¿Cómo haremos para cambiar ese comportamiento desagradecido? Pero lo que quiero decirte es que a veces les falta seriedad, o esa cosa que dijimos antes. ¿Cómo fue? ¡Ah, sí: mística! Creo que sea así. Perdóname, la falta de ignorancia, como decía un amigo mío. Pero creo que sea así.
         De la otra cosa que quería hablarte. Es sobre tu santidad. Hacer el bien es propio de santos. Sin duda. Y todos los que lo hacen ya son santos. Para mí, por supuesto. Pero veo un afán de que te hagan santo en los altares. O se es, o no se es. Si tú eres santo por tanto bien que hiciste, ¿para qué sirve que te hagan santo? Si no eres, no porque te hagan, pasas a serlo. Mucha gente te ve con mucha preocupación por ese detalle. La gente te considera. Y acude a ti en sus penurias para pedirte tu intercesión. Eres un consuelo para nuestra gente. Y te consideran milagroso. Además esa no es la esencia de la santidad. Eso es un añadido. Vamos a suponer que tu fuiste realmente un santo: por tus obras y tu sentido de fe. Claro está. ¿Por qué ese empeño en que tantos milagros para que te hagan santo para los altares? Eres santo. Los milagros no son garantía. Eso por un lado. Por otro, creo que la gente exagera con eso de los milagros de los santos. Aquí voy a hacerte una confesión: yo no veo que una cosa tenga que ver con la otra. La santidad es un estilo de vida y un comportamiento. Si tu llevaste ese estilo, maravilloso. ¿Por qué tiene que comprobarse con milagros? Nunca he entendido esas cosas. Creo que la Iglesia Católica tiene que enseriarse al respecto. Se puede desvirtuar el verdadero sentido de la santidad. Creo que hay que reorientar bien las cosas. Y hacer una auténtica teología de la santidad y una teología de los tales milagros de los santos.
         Todo esto para que te tranquilices, José Gregorio. Si tú eres santo, lo eres. Pero lo eres por tu estilo de vida y tu opción existencial. Y no porque tengas que hacer milagros. Eso es una evidente caída en la tentación. ¿No tentó el diablo a Jesús en el desierto al decirle si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan, o tírate desde el alero del templo? ¿No es lo mismo a decir, si eres santo haz un milagro? Y, ¿no es eso caer en la tentación de demostración, de alardear, de presunción? Y en esto se cae con los milagros que tiene que hacer fulano de tal para demostrar que es santo. ¿Dónde queda, entonces, la humildad que supuestamente llevó ese fulano de tal mientras vivía? ¿No se desvirtúa su santidad con una tal demostración? Insisto que la Iglesia tiene que tomárselas en serio, al respecto. No sea que se esté dando más valor al añadido que a la esencia.
         Perdóname, José Gregorio. Creo que me pasé. Pero es como los médicos ejercen una cierta influencia en los demás. A veces consideramos que ustedes saben mucho y de todo. Y muchas veces hasta los consideramos nuestros terapeutas. Si te ofendí, te pido perdón. En todo caso, si quieres hacer milagros, ¡hazlos!.¡Quién soy yo para oponerme! Pero ya sabes mi manera de pensar. Pero te veo como médico. No me traiciones.
         Será hasta otra vez. Un día de estos te vuelvo a escribir. Tal vez para felicitarte. Tu sabes por qué.
         Chao:


         Daniel

VIVIR DE FUTURO

       Aún cuando el presente titulo suene a ficción no podemos negar que toda la vida del ser humano es siempre un vivir de futuro. Es decir, de optimismo. Lo que supone un re-crear todos los días nuestros proyectos y nuestros deseos de superación.
         No podemos vivir de pasado porque sería automáticamente negar el continuo devenir histórico. Porque vivir de pasado sería perder de vista la visión optimista que tiene la vida. Ciertamente que el pasado, que fue futuro, nos está determinan­do en nuestra vida concreta. Pero quedarnos con los elementos que determinaron nuestra existencia es negar la esencia de vitalidad que posee la naturaleza y que vive enseñándonos a cada momento lecciones de optimismo. Por ejemplo, sucede un incendio forestal. La montaña quedó totalmente arrasada por el fuego y todo es cenizas. Al cabo de pocos días en esa misma montaña se comienza a ver que la vida está empezando otra vez: el suelo se comienza a poner verde y algunas matas regeneran la alegría de un bosque que nos dará su aire, su sombra y la certeza de una vida en plenitud. Precisamente porque en la naturaleza todo es optimismo.
         Igualmente sucede con nuestras historias personales. Puede ser que nuestra montaña se haya incendiado y todo haya quedado hecho cenizas. No hagamos por ello una tragedia. Démosle tiempo al tiempo que dentro de poco comenzará a verdear sobre las cenizas y otra nueva floresta estará dándonos aire, alegría y muchos otros elementos de una vida plena.
         Lo que significa que tenemos que inventar nuevos proyectos y nuevos programas precisamente porque la vida es futuro. No podemos y no debemos quedarnos viviendo de pasado porque nos amargaríamos. Fue y fue y ya no podemos hacer nada por cambiarlo, sino sólo amargarnos y llenarnos de remordimientos y de resentimientos. Y esto si que entonces es dañino. La montaña no se queja del que le puso malignamente fuego para dañar sus árboles, sus flores y los animales que correteaban por ella. La montaña sabe, porque es de la naturaleza, que tiene en sus entrañas muchas reservas de optimismo y vuelve a renacer con la misma alegría de siempre. Precisamente porque ella vive siempre de optimismo, lo que significa que de alegría, de esperanza y de vida.

         En ese mismo sentido se podría parafrasear la tan citada sentencia de «dime con quién andas y te diré quién eres» por «dime qué piensas hacer en el futuro y te diré quién eres». Porque de acuerdo con tus proyectos personales y tus aspiracio­nes será tu vida ya que la vida no es otra cosa que puro futuro adelantado en nuestro hoy cotidiano que nos llevará a conducir­nos siempre a lo que aspiramos y queremos ser o tener.

VIVIR MIRANDO EL «RETROVISOR»



El otro día estaba hablando una persona sobre la capacidad que debemos tener para vivir nuestra realidad concreta de todos los días. Utilizaba la imagen de un carro. Y como me pareció muy interesante y muy rica la lección que sacaba, me voy a permitir repetirla a mis estilo para compartir con mis lectores la lección, seguro de que va a ser útil como lo fue para mí.
         Nuestra vida es un carro -- decía --. Vamos en el carro por una vía de doble sentido. Carros van y carros vienen. Carros van delante y carros van detrás. Y nosotros vamos con nuestro propio carro en plena vía en medio de tantos carros. Al conducir tenemos que estar pendiente del volante, del cambio de las velocidades, del carro que viene, del que llevamos detrás, del freno, de las luces de cruce, del semáforo, de las señales de tránsito, y también tenemos que estar pendiente del retrovisor para mirar los carros que vienen detrás de nosotros por si vienen muy cerca, si vamos a cruzar...
         A la hora de conducir tenemos que tener en cuenta todos esos detalles, sin olvidar ninguno, para poder llegar a donde nos dirigimos con salud y tranquilos.
         Pero resulta -- decía -- que muchos a la hora de conducir su carro, es decir sus vidas, porque esa era la comparación que estaba utilizando, solamente viven mirando el retrovisor y se olvidan de los otros detalles del manejo. Y claro -- reflexio­naba muy sabiamente -- viven chocando e interfiriendo el tránsito porque se olvidan del volante, de las velocidades, del freno, etc... Conducir mirando solamente el retrovisor, es decir lo que quedó atrás, es olvidar que el carro no es solamente retrovisor. El carro tiene retrovisor pero éste es demasiado pequeño en el carro y no es lo más importante. Sí; es útil para hacer más fácil el manejo, pero no lo es todo, porque hasta se puede manejar sin mirar los espejos...
         Me pareció muy interesante su reflexión y creo que impactó a los que estaban escuchándolo. A mí mismo me fue muy útil. Por eso, amigos lectores, la comento aquí.

         No digo más por hoy... Y no te olvides de echarle gasolina al carro, de revisarle el aceite, de lavarlo de vez en cuando y de darle cariñitos para que te pueda prestar mejores servicios... Pero no olvides que es en sentido figurado...

Carta a Michell Jackson: (del libro El piar de un gorrión)

Carta a Michell Jackson


Hola, Michell Jackson:

       Con tu carta estoy empezando una nueva edición de cartas… Las había detenido, no había escrito más. Pero el tiempo pasa y, ahora que estoy pensando hacer la segunda edición de este libro, voy a añadir algunas cartas nuevas. Y quiero comenzar con tu carta.
         Hola… Y hola…
Con todo el respeto me dirijo a hacerte una carta. Para empezarla, ya  tengo dudas si tratarlo de usted o de tú. Creo que es mejor que guarde las distancias y lo trate de usted… Es grande el respeto y la admiración que toda su persona me inspira.
Usted es un ídolo y una representación de dos o tres generaciones. Si tenemos en cuenta lo que algunos pensadores dicen respecto a la catalogación de las generaciones, una generación dista de otra, en un período de quince años. Si es así, usted con sus cincuenta años, representaba a tres generaciones juntas. Ya solo por su edad, usted juntaba a tres generaciones. Pero, no solo por el hecho de la edad como tal, que puede y no puede decir nada, sino también por lo que su persona representaba con su género musical. Usted creó un género nuevo, el Pop.
Con su música, usted, ciertamente, revolucionó a los de su edad, principalmente; como a los que iban delante suyo, como a los que venían detrás. Usted influyó y determinó la manera de bailar. Todos buscaban imitarlo. Hasta se vestían y se hacían el corte de cabello que usted se hiciera. No podía dejarse a un lado su gritico[1] característico y su vuelta sobre usted mismo con su típico agarrón de sus partes y con su movimiento pélvico. Esos tres detalles eran su tipificación e identificación. Todos los que buscaban imitarlo tenían que incluir esos tres elementos, si no, ya no sería “Michell Jackson” el personaje interpretado.
Otros detalles lo caracterizaban a usted: el color negro de la vestimenta, los guantes blancos en sus manos, y el baile. Todos estábamos siempre fascinados por su arte. Cada vez que usted salía en la televisión en algún programa, había que hacer el esfuerzo de no perderse el espectáculo. Si. Eso era. Un espectáculo. ¡Y qué de embrujador y de magia tenía! En eso consistía su hechizo. Uno admiraba su arte y su magia…
Anoche mismo… Encendí la televisión y estaban dando un video clip con una de sus canciones. Se trataba de aquella canción que lo hizo más famoso todavía, titulada “We are the World, we are the children”. Viendo ese video fue que tomé la determinación de escribirle una carta, y con ella comenzar las nuevas cartas para la nueva edición de este mi libro titulado “El piar de un gorrión”. Es justo lo que estoy haciendo en este momento. Esa canción había sido arreglada y le habían dado un ritmo nuevo combinado con reggaeton y sonaba muy bonita. Ciertamente que en esos arreglos habían cuidado de incluir muy sabiamente la versión original, pero con los adelantos de la  tecnología, hacían pensar que usted mismo la hubiese arreglado como estaba. Era una interpretación nueva. Y como tal, tenía y tiene sus valores, sin menoscabar para nada la versión inicial, que es co-obra suya. Tal vez se trataba de un homenaje post-mortem. Y les había quedado mundial, como decimos los venezolanos.
Pero hablemos de algunas cosas que creo que son útiles, como por ejemplo, el cambio de algunos rasgos de su fisonomía, como la nariz, la boca… Usted era de raza de color. No tiene nada de malo. Pero, muchos veían que usted se sentía mal de pertenecer y tener esas características. Usted se hizo la nariz. A mi gusto, la nariz que le habían creado no le iba muy bien. Le daban un cierto aire femenino. Pero, seamos francos, con todo y todo, ese era su encanto, ya que se le notaba mucha ternura. Sin negar que se le descubría mucho sufrimiento. Algunos parodiaban sus rasgos post-quirúrgicos y, a pesar de que se rieran, hacían que uno le tomara más cariño. Ciertamente, su encanto estaba en la música y en su baile, que era lo que se valoraba en usted, independientemente de los otros detalles de su fisonomía, que eran todo su derecho, aún cuando no se compartiera con ellos. Pero, es que era su vida, y nadie tenía derecho de meterse… que viéndolo bien, no dejaban de hacerlo, para atosigar como suelen hacerlo con los personajes de la farándula… en donde ustedes pasan a ser víctimas y mártires… perdiendo toda privacidad y vida privada… Y aquí hay que reconocer que usted fue muy sufrido. Quizás era en la música donde usted lograba comunicarse y revelarse como lo hacía. Quizás sus seguidores lo comprendían y encontraban en sus creaciones artísticas, reflejada esa rebeldía y esa manera contestataria que tienen los jóvenes, y por ello, era que lo querían como lo quieren. Usted lograba con ellos un feedback, una reciprocidad, una comunicación, un diálogo. Tal vez, por eso sería que en sus últimas canciones, en los videos clips, siempre aparecía un animal como fruto de una transformación en medio de los bailes que hacías. Quizás era una metamorfosis la que estaba proponiendo y exigiendo. Si es así, entonces, es para admirarlo más y más, y quererlo todavía mucho de lo que se le quiere… ¡Y, cómo no admirar y respetar su arte, Michell…!
Si es verdad eso que acabo de decir y de descubrir, entonces, sus bailes y sus shows hay que verlos con capacidad de estudio, como se ve una obra de Miguel Ángel, o de Leonardo Da Vinci, con todo el respeto que se merece. Y no solamente eso, si no que hay descubrir en ellos todo lo que todavía no se ha descubierto. Ahora se me está despertando la curiosidad al respecto y comienzo a admirarlo más… Es usted un genio… Sin descartar la idea de la evolución implícita en sus videos shows, porque esa metamorfosis a la que invita, puede ser una transformación evolutiva, del animal al ser espiritual, y del espiritual al animal, en reversa y en avance, al mismo tiempo. Ahora me está resultando fascinante esta carta… Me está resultado un descubrimiento…. Como descubrimiento tiene que ser cada creación suya, con la que hay que siempre colocarse cada vez que se quiera ver o escuchar… Fascinante…
Volviendo a la idea de que ustedes son victimas de los medios, hay que reconocer que usted lo fue, hasta aún después de muerto. Ustedes son una mina de plata para los medios. Una foto de ustedes, en cualquier circunstancia, es una llave para tener dinero. La gente compra las revistas por esas fotos. Y las revistas se venden más por esos detalles. Hay que reconocer que los fans se convierten en morbosos. Disfrutan destruyendo y pagan porque quien más destruya. A más daño, más pago, más venta… Es un círculo vicioso enfermizo… Es triste… Es triste… Usted lo sufrió en carne propia… Ahora entiendo por qué usted tenía que componer canciones nuevas, con estilos y letras novedosas, porque era una rebeldía la que llevaba por dentro. Una rebeldía al ambiente en donde vivía… Ambiente asfixiante, por lo que se veía. Por eso era artista… Tenía que crear… tenía que revelar… Tenía que ser contestatario… Tenía que adentrarse visceralmente y sufrir para re-encontrarse… Quizás ahí está la idea de la metamorfosis…
Perdón… Se me está haciendo un testamento lo que pretendía ser una sencilla carta… Pero creo que ha estado buena, a pesar de todo…
Pero para resumir… Gracias Michell por haber existido. Gracias por sus canciones. Gracias por su legado… Espero ser merecedor de su herencia cultural… Prometo ponerme a su altura para escucharlo y verlo… Y perdone usted mi mucha ignorancia… Procuraré quedarme en silencio respetuoso de ahora en adelante cuando lo vea en la televisión…
Con respeto y admiración:
Daniel.





Carta a Ana Gabriel


Hola, Ana Gabriel:
Me fascina tu música. Me fascina tu arte.
Hola.
Siempre había buscado tener una recopilación de tus canciones. Me llamaban la atención algunas letras, sobre todo esa voz semi-ronca que tu tienes y que le da un no sé qué de bonitura a tus interpretaciones.
Una vez tuve la oportunidad y adquirí algunos CDs de tus shows y me dí vida viéndote. Eres maravillosa. Posees mucha fuerza interpretativa y escenificas cada canción con una energía impresionante. Uno termina metido de lleno en cada interpretación tuya y no se puede evitar vibrar y de sufrir con cada personaje de tus canciones según las respectivas letras y escenarios. Porque de eso se trata. De vivir cada situación que vas describiendo y viviendo en tus canciones. Eres una artista estupenda y única, como ha de serlo cada artista en su rama, de las muchas que tiene el arte. En tu caso es la música y el escenario. Porque hay quien canta solamente y no interpreta. En cambio tú cantas e interpretas. Mejor dicho, sufres cada situación que estás escenificando. O sea, que se te puede clasificar de cantante, primeramente, y de actriz-cantante, o cantante-actriz. Pero todo en una misma realidad a través y en la música. No sé si eso es una clasificación, pero en mi ignorancia te clasifico de esa manera. Y que me perdonen los entendidos. No todos los cantantes viven sus canciones en el momento de cantarlas. Tú, al contrario, las vivencias interpretando los personajes que contienen tus canciones. Es fascinante oírte, y. más verte en los shows… Uno se imagina y vive lo que interpretas porque tú haces carne propia lo que vas diciendo… Termina uno embelezado por la belleza interpretativa que tienes.
En ese sentido recuerdo tres canciones que a mí me encantan de tu repertorio. En una, hablas de una mujer que le está pidiendo a la luna que bendiga y que cuide a su amor, y que así como la luna puede verlo, y la mujer no puede porque están lejos, le pide que le diga que lo ama. Esa canción es realmente un encanto, una maravilla. Es de imaginarse con qué ternura la enamorada le está pidiendo al misterio de la noche y de la soledad, que está representada en la luna, que cuide a su amor y lo proteja… “Luna, tú que lo ves…” Muy sujestiva. Es decir, lo transporta a uno a una dulzura encantadora y envolvente de amor en el amor. Es fascinante.
En otra de las tres canciones de ese repertorio, son dos mujeres que están habando. Una le está pidiendo ayuda y consejo a la otra porque siente que su hombre se le está yendo en su amor. Ya no se siente buscada por él. Más bien la evita en las noches y eso la está haciendo sufrir. ¿Será que habrá otra?, le pregunta a la amiga. La amiga le aconseja que lo busque, que luche, que no se rinda, que lo conquiste otra vez. Entonces la afectada le comunica sus miedos y sus temores de mujer. Le dice entre otras cosas, que ¿si, si pierde el tiempo de todas maneras, y no lo logra? La otra le contesta, que le habrá quedado lo que haya vivido en esos momentos. Pareciera que le estuviera diciendo: “no seas tonta… lucha… vive el presente… déjate de tonterías y que aproveche el momento presente… que se deje de fantasmas… que todo depende de ella”. Es desgarrante la situación de las dos amigas. Una pidiendo ayuda y la otra animándola y encorajándola a que enfrente la realidad, enfrentándose con sus temores y sus miedos. El futuro es incierto, ciertamente. Pero lo que queda es el hoy. Ya mañana será mañana, y ya mañana se verá. Esta canción es sublimemente bella. Bellísima. Desgarradora.
Ver cómo interpretas esa canción es quedarse pasmado ante tanto dolor y sufrimiento. Como habrá de serlo en una situación parecida para una mujer en circunstancia semejante. Tú, casi lloras. Te arrodillas. Prácticamente te tiras al piso. Te postras. Te humillas. ¡Guao! Aquello es electrizante. Es imposible quedarse imparcial y sin sentir nada ante esa canción. Eres fenomenal. Es cuando digo que eres una actriz-cantante o una cantante-actriz. Te metes en la interpretación de tal manera que uno se queda respirando agitado y sufriendo. Provoca meterse uno en la pantalla del televisor a levantarte y a darte valor y a decirte que yo te ayudo… ¡Guao!... ¡Guao!...
La tercera canción es una que trata de una mujer que está insatisfecha de los resultados de su relación de pareja. Por lo visto tiene sus frustraciones como mujer, y no ha sido ni comprendida ni correspondida. Y, entonces, dices que “estás como agua para chocolate”. Estas hirviendo de pasión y de coraje al mismo tiempo. Y esa mujer, a la que tu interpretas, que puede ser que seas tú misma, o no necesariamente…. esa es la maravilla de la creación artística… entra en una ambigüedad en sus decisiones, ya que quiere que su pareja regrese, pero le advierte que sí regresa que se atenga a las consecuencias de que tal vez lo rechace… Una indecisión en su deseo. Como si se dijera que se tratara de una lucha interna. Por un lado, anhela y sufre porque no ha regresado. O sea, que su corazón le está diciendo que lo necesita, que vuelva. Pero, por otro lado, tal vez el deber ser; que lo correcto es que si se fue, que asuma las consecuencias de haberse ido, y que ella, en su orgullo no está dispuesta a perdonarlo. Tal vez, se trate de una lucha consigo misma. ¿Qué hacer? ¿Se escucha al corazón o se escucha la lógica de las razones, porque las cosas son como son? O dicho de otra manera, hay que dejarse de romanticismo y ser realista…
Solamente quise hablarte de tres de tus canciones. Pero son muchas. En otra, por ejemplo, hablas de que la mujer le está reclamando a su pareja de que por qué se fue sin consultarla y decirle nada. Que por qué no habían conversado cuando se trataba de una decisión de dos, y no de uno solo… Pero, no daríamos término a esta carta, que tiene como finalidad entablar una conversación contigo. Así que, por los momentos, creo que es suficiente, aunque no lo es. Pero dejemos hasta aquí. Quiero agradecerte por ser maravillosa. Sigue así. Estoy hablando como artista. En lo demás no me meto.
Termino tarareando una de tus canciones… “Luna, tú que lo ves”… La la la la la la la ….
Chao…
Daniel





[1] Véase carta a Ángel Rosemblat, página 63.

Carta al Papa Juan Pablo II: (del libro El piar de un gorrión)

Carta al Papa Juan Pablo II

  
¡La bendición! ... ¡La bendición!

Así te saludo, monseñor. Y perdón de entrada por no llamarte ¡Su Santidad!, sino monseñor. Sé que puede resultar ofensivo, pero tiene toda una intencionalidad y una línea de pensamiento. Déjame explicarme, por favor. Sé que tendrás paciencia y que me sonreirás con esa simpatía tan única de tu personalidad cuando me haya explicado. Por lo menos, sé que me escucharás. De eso tengo la absoluta certeza.
Primero lo primero. Te pido la bendición. Los venezolanos les pedimos la bendición a los sacerdotes, ya sea Obispo o un curita de pueblo o de barrio. Total, es sacerdote. Y no estoy diciendo nada que no esté en lo canónico. Pedimos la bendición, cada cual según la región del país. Unos la piden juntando las dos manos. Otros la piden cruzando un brazo o los dos brazos en el pecho. Otros la piden sin ningún gesto, sino solo de palabra, a secas. Pero en todos los casos, con una gran sinceridad y respeto. Sin duda. De hecho, cuando tú viniste por primera vez a Venezuela, ese detalle de pedir la bendición te llamó la atención. Así lo resaltaste en una de tus intervenciones de esa visita y lo hiciste como detalle bonito para resaltar algo de nuestra idiosincrasia. ¡Qué bonito eras!
Y perdón nuevamente… Pero los venezolanos cuando queremos detallar que algo es muy tierno o que nos flecha por su originalidad, decimos que fulano o tal cosa es linda, o bonita… Así en tu caso… Ese detalle bonito te hace muy lindo o muy bonito, porque refleja la grandeza del que resalta el detalle como tal…
Segundo: te llamo monseñor.
Así se les suele llamar, con ese título, a todos los Obispos. Aunque también se les llama así a los sacerdotes que reciben ese nombramiento por la edad, sobre todo, y como reconocimiento se les da el pertenecer a lo que en Derecho Canónico pertenecen a la familia pontificia. Pero, en el caso de los Obispos, es la manera natural por derecho de llamarlos. En tu caso, es igual. Tú eres un Obispo. Y que pasas a recibir el nombre de Su Santidad, por ser el Obispo natural de Roma, y por ello, el representante máximo de la Iglesia. De hecho, en el Derecho Canónico se le llama “Romano Pontífice[1]. El solo hecho de ser el Obispo de Roma, te hace Papa. O sea, el jefe. Por lo menos es lo que se dice en el Código de Derecho Canónico en los cánones 332-333. Y en cuanto a que tiene que ser Obispo, ya lo dice el mismo canon 332, de que, si “carece del carácter episcopal, ha de ser ordenado Obispo inmediatamente”; mientras que si “el elegido para el pontificado supremo que ya ostenta el carácter episcopal, obtiene esa potestad desde el momento de su aceptación”. No dice más, de sí es más que Obispo, u otro carácter que no existe en el Orden sacerdotal. Solamente “Obispo”. Por supuesto, que hay una añadidura disciplinaria, y es que quien asiste al “conclave” para elegir o ser elegido Papa, tiene que ser Cardenal. Pero Cardenal, no es otra cosa que el representante de los Obispos de un país, o los que ostenten ese título en toda la organización de la curia romana. Pero no dice nada el Derecho Canónico de qué título se le debería dar al “Romano Pontífice”. Se le suele llamar “Su Santidad”… Pero, perdón el abuso de confianza, prefiero “monseñor”, a secas y sin más protocolos…
Y al llamarte así estoy haciendo correspondencia a la gran simpatía que tú inspirabas. Verte en los afiches que hacían de ti, o mirar las noticias en donde decían algo tuyo, era muy refrescante. Se sentía uno muy a gusto mirarte. Inspirabas mucha dulzura. Era bonito mirarte.
Eres, realmente, un mundo de cosas. Inspirabas cariño, respeto, dulzura y muchas cosas bonitas. La gente se enloquecía con tus muchos detalles. No sólo porque eras el Papa, o el “Romano Pontífice”, como ya dijimos, sino porque se te veía que amabas en profundidad ser lo que eras: el Vicario de Cristo en la tierra. Se te salía por los poros. Eras una experiencia sublime de contacto humano enriquecedor. Tal vez significó para la Iglesia Católica un gran impulso al acercarse a todos los hombres. Los entendidos llaman a eso la misión "ad gentes", y la misión "ad intra", en la misión de evangelizar y de servir a los hombres de hoy con los medios e instrumentos de hoy. Tú has sido para los hombres y mujeres de ese tiempo una gran bendición. Visitaste casi todos los países y en todos llegabas con tu frescura y don de gente.
Son muchas las ideas y las emociones que se cruzan por la cabeza… Quisiera hablarte de este detalle o de aquel otro, y se me aglomeran las ideas, y no logro ordenar lo que quiero decirte. Pero no quiero hacerme extenso, aunque es bonito recordar los impactos positivos que produjiste cuando pediste perdón por los errores de la inquisición[2], por ejemplo. Así lo decías en aquel famoso documento como Preparación del Jubileo del año 2000[3], cuando decías, que:

Así es justo que, mientras el segundo Milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo.
        
         Por supuesto, que sin caer en lo que en el estudio de la historia se suele llamar “anacronismo histórico”, como lo dejas claro en el mismo documento preparatorio del jubileo, al decir que:

Es cierto que un correcto juicio histórico no puede prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales del momento, bajo cuyo influjo muchos pudieron creer de buena fe que un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones o al menos su marginación. Muchos motivos convergen con frecuencia en la creación de premisas de intolerancia, alimentando una atmósfera pasional a la que sólo los grandes espíritus verdaderamente libres y llenos de Dios lograban de algún modo substraerse. Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre. De estos trazos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe llevar a todo cristiano a tener buena cuenta del principio de oro dictado por el Concilio: « La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas » (35).

Perdón que me haya extendido en las citas, pero es que me emociono y pierdo el control… Además, son muchos los detalles…
Recuerdo, también, tu primera visita a Venezuela. Aquello fue una experiencia muy bonita…
¿Sabes una cosa?
Sufrimos mucho con las noticias de tus semanas largas de enfermedad… Seguíamos los noticieros. A muchos se les hacía imposible pensar que te fueras a morir. Eso nos parecía imposible. Por cierto, que en esos días, un familiar mío lloraba y le prendió varias velas al Dr. José Gregorio Hernández, un beato venezolano y al que se le pide intercesión en momentos difíciles de salud, para que te recuperaras. Yo le dije, que tú estabas muy enfermo, según decían las noticias, y que según el proceso natural del cuerpo humano tú estabas agonizando y te ibas a morir. Me peleó y se disgustó mucho porque le dije eso. Eso no podía ser, según él. Y lloró más porque yo le decía esa crueldad. Le expliqué que así es la naturaleza… es caduca… y que tú, ciertamente, eras Papa, pero que eras un ser humano, también sometido a las leyes naturales, y que en ti se estaba dando esa realidad… No eras la excepción… No me habló más esa noche y se fue a dormir muy molesto conmigo… Al día siguiente, en la noche, a la hora de la cena, me dijo lo siguiente: “¿Sabe, qué?,,, Usted tiene razón… Ahora le prendí una vela a José G. Hernández para que ayude a bien morir al Papa… y que no sufra tanto…
Son muchas las cosas que podríamos seguir tratando, pero, así esta bueno…
Y gracias…. ¡Y,  la bendición, monseñor…!
Chao:
Daniel…





[1] Cfr. Canon 330 y siguientes.
[2]  Cfr. Carta dirigida por el Papa Juan Pablo II al cardenal Roger Etchegaray con motivo de la publicación de las «Actas del Simposio Internacional "La inquisición"». Ciudad del Vaticano, martes, 15 junio 2004.
[3] Carta apostólica, “Tertio millennio adveniente”, del Sumo Pontífice Juan Pablo II al episcopado al clero y a los fieles, como preparación del jubileo del año 2000.  Vaticano, 10 de noviembre del año 1994.